Una investigación de más de quince años, realizada en la provincia de Barcelona, ha revelado la fascinante dependencia del ratonero común (Buteo buteo) hacia la abundancia de micromamíferos. A diferencia de las poblaciones del sur de la Península Ibérica, que se alimentan principalmente de conejos, las poblaciones catalanas de esta rapaz adaptan completamente su biología a los ciclos del ratón de campo, el ratón moruno y la musaraña gris.
El estudio demuestra que la abundancia de estas tres especies presa determina el ritmo vital del ratonero: en años de gran disponibilidad de alimento, las hembras avanzan la puesta de los huevos y consiguen criar hasta el doble de polluelos. En cambio, cuando el alimento escasea, la reproducción se retrasa y puede desencadenar el siblicidio, un proceso en el que el hermano mayor elimina al pequeño para garantizar que, como mínimo, un individuo fuerte sobreviva. Además, durante el invierno, la carencia de presas actúa como filtro demográfico, ya que los individuos residentes, gracias a su experiencia y conocimiento del territorio, logran sobrevivir mucho mejor que los individuos migradores llegados del norte de Europa.
Por último, los ratoneros incluso ahorran energía renovando menos plumas secundarias durante las épocas de baja disponibilidad de micromamíferos, aunque mantienen un patrón rígido de muda en las plumas primarias (utilizadas por el vuelo). Dado que el abandono de la agricultura tradicional y el cierre de los bosques amenazan los espacios abiertos que necesitan los micromamíferos, el ratonero común se convierte en un excelente indicador de la salud ambiental de nuestros ecosistemas.
Los resultados detallados se publicaron en la revista Quercus el pasado mes de abril. Puede consultar el artículo entero aquí.
Joan Grajera, uno de los autores del estudio, con un ratonero común.